Zero waste

By: Green Knowledge Foundation

Nigeria’s growing waste crisis is no longer just an environmental concern; it is also a major socio-economic and public health challenge. From the bustling Alaba International Market in Lagos and Igbudu Market in Warri to places such as Ojota, Ajah, Epe, Akpakpava, and Gwagwalada, heaps of unmanaged waste continue to accumulate in open spaces, drainage channels, markets, and dumpsites. 

The majority of this waste is biodegradable and decomposes, releasing methane, a greenhouse gas far more potent than carbon dioxide. Beyond its environmental consequences, poor management of organic waste contributes to many challenges like disease outbreaks from poor sanitation, flooding, reduced productivity, e.g. Waste workers falling sick, leachate that affects ground water and also farm products etc and lost economic opportunities that arise from zero waste approaches to waste management. Yet, hidden within these waste streams is a valuable resource capable of creating jobs, improving soil health, supporting local agriculture, and driving a more circular and sustainable economy.

Organic waste, which includes food waste, agricultural residues, slaughterhouse waste, and other biodegradable materials, makes up a significant percentage of Nigeria’s municipal solid waste stream. When improperly managed, this waste decomposes anaerobically, emitting methane into the atmosphere and contributing significantly to climate change. 

Yet, beyond the climate implications of organic waste, there is a deeper human story, stories of poverty, health challenges, negative stigma, inequality, weak infrastructure, and other socio-vulnerabilities.

Many Nigerian communities are heavily dependent on informal waste workers. Waste pickers play a crucial role in recovering recyclable materials and diverting waste from dumpsites, often under dangerous and unregulated conditions. Their contribution to reducing landfill pressure and methane emissions is significant, yet they remain largely invisible in policy discussions. 

A visit to the Olusosun Landfill in Lagos or the Gosa Dumpsite will reveal the critical work these informal waste pickers do. At the Gosa dumpsite, once the disposal trucks finish dumping waste, waste pickers begin sorting and collecting, and, in no time, the waste is reduced to items with little or no value. For many, this might be seen as undignified work, without the social protections needed, but for the waste pickers working here, it means feeding their families.

According to the World Bank, poorly managed waste disproportionately affects vulnerable and low-income communities, contributing to flooding, disease transmission, respiratory problems from waste burning, and adverse economic impacts.

Sadly, many Nigerian communities have a bad habit of burning waste, and where organic waste is openly burned or dumped, methane emissions are often accompanied by toxic smoke and foul odours that threaten both environmental and human health.

The social stigma, and the economic burden carried by informal waste workers, is particularly alarming. Many have suffered injuries from landfill fires, exposure to hazardous waste, and long-term health complications due to unsafe working conditions. Informal waste workers face forced evictions from informal settlements near dumpsites (e.g. Karu axis in Abuja), without access to social protection or alternative livelihoods. Despite contributing to recycling and climate mitigation efforts, they are often excluded from government planning and investment opportunities.

Environmental activist Wangari Maathai once stated, “The environment and the economy are really two sides of the same coin.” This reality is evident in Nigeria, where environmental degradation from poor waste management directly impacts livelihoods, healthcare costs, food systems, and community wellbeing.

Methane reduction presents not only an environmental opportunity but also an economic one. Investments in composting, source segregation, Black Soldier Fly (BSF) Farming and other specialised organic waste management systems can create jobs, strengthen local economies, and improve public health outcomes. Speaking on climate action, Inger Andersen, Executive Director of UNEP, emphasised that “Cutting methane is the strongest lever we have to slow climate change over the next 25 years.” For Nigeria, this means that addressing organic waste management must become a national priority within both climate and development policies.

Civil society organisations like GAIA, GKF and a host of other GAIA members across Nigeria are increasingly advocating for zero-waste systems, an all-inclusive system for waste management. 

Solving Nigeria’s methane challenge requires more than technical solutions. It demands a socio-economic approach that recognises the dignity of waste workers, invests in green infrastructure such as MRFs, and empowers communities of farmers, waste pickers, and other critical stakeholders.

This is why the MAMRN project is unique, it recognises that organic waste should no longer be treated with kid’s gloves.

This article is the third in a series on the Methane Reduction in Nigeria (MAMRN) Project, implemented in collaboration with CfEW Jos, SraDev Lagos, Pave Lagos, CODAF Epe Lagos, and SEDI Benin City.

Con el objetivo de fortalecer y dar visibilidad a experiencias locales que promueven la prevención y gestión responsable de residuos, la iniciativa Rutas basura cero seleccionó una serie de recorridos presenciales ejecutados por organizaciones locales en distintos países de América Latina. 

La propuesta surge en un contexto de creciente preocupación por la crisis de los residuos y los impactos ambientales, sociales y económicos asociados al actual modelo de producción y consumo. Frente a este escenario, las estrategias de basura cero han demostrado ser una alternativa efectiva para reducir la generación de residuos mediante prácticas de reducción, reúso, reciclaje y compostaje, al tiempo que promueven la justicia ambiental y el fortalecimiento de las economías locales.

En particular, los sistemas de reúso y rellenado están cobrando cada vez más relevancia como soluciones replicables y escalables para avanzar hacia comunidades más saludables y sostenibles. Sin embargo, muchas de estas experiencias continúan siendo poco conocidas fuera de sus zonas, lo que limita su potencial de incidencia y réplica.

Para revertir esta situación, el proyecto Rutas basura cero impulsa recorridos presenciales coordinados por organizaciones locales, que permiten a tomadores de decisiones, representantes de gobiernos, académicos, líderes sociales y otros actores clave conocer de primera mano iniciativas exitosas en funcionamiento.

Las rutas incluyen visitas a proyectos con al menos un año de trayectoria y resultados comprobables, vinculados a prácticas como el rellenado de envases, el lavado y reutilización de utensilios, el compostaje descentralizado y el cooperativismo. Además, cada experiencia es documentada mediante registros audiovisuales que pasan a integrar una base regional de casos de éxito.

La iniciativa busca generar espacios de intercambio entre experiencias consolidadas y actores estratégicos, así como producir materiales que contribuyan a la difusión y sistematización de aprendizajes sobre modelos basura cero en la región.

A continuación, compartimos las organizaciones e iniciativas seleccionadas que forman parte de esta primera edición de Rutas basura cero:

Entrejardines nos lleva a la compostera y huerta comunitaria del barrio La Floresta en Quito, luego pasamos por Pure!, una empresa de turismo que comparte cómo ha adoptado prácticas de reúso y segregación en origen dentro de su oficina, y terminamos en el restaurante Pim’s donde conocemos cómo gestionan sus residuos sólidos y orgánicos. 

La Asociación Defensores Monumento Zona de los Santos, nos muestra cómo están trabajando para preservar una zona de alta biodiversidad a través del manejo de residuos de subproductos de procesos de cultivo de café como el que hacen en CoopeTarrazu y Coopedota. Luego terminamos con una parada en el Centro de acopio Preserve Planet (CAPP) para saber más sobre segregación de residuos y recuperación de tapas de refrescos.

Fundación Lenga nos traslada a la zona más austral del Chile donde iniciamos el recorrido en Compost Coiron y su proyecto de gestión de residuos orgánicos, donde además nos cuentan cómo el turismo influye en el colapso del vertedero municipal de Puerto Natales. En Punta Arenas, conocemos el laboratorio textil Puro Viento, una iniciativa de reuso que utiliza residuos textiles y gigantografías publicitarias para hacer artículos como mochilas, estuches, entre otros. Finalmente, llegamos a Puerto Williams para saber más sobre la iniciativa municipal de gestión de residuos.

By Cecilia Allen, Global Zero Waste Cities Program Director, GAIA

(c) Nipe Fagio

Lo que antes se consideraba un sueño de idealistas,  «basura cero» es ahora una corriente dominante. Incluso ha entrado en el lenguaje de la ONU: el organismo elaboró una resolución en la que instaba a los gobiernos a «promover iniciativas basura cero», estableció un Día Internacional Basura Cero y creó un Consejo Asesor Basura Cero; además, el PNUMA, ONU-Hábitat y otros organismos de la ONU utilizan el concepto en campañas e informes. Este año, basura cero fue nombrado una de las principales prioridades de la Agenda Global de Acción Climática. La Fundación Basura Cero de Turquía, uno de los principales promotores de estos esfuerzos, está organizando su segundo Foro Global Basura Cero bajo el lema «Camino a Antalya: basura cero como acción climática». Turquía será la anfitriona de la COP31 sobre el clima.

Si bien este avance es emocionante, las palabras importan. Cuando los mismos organismos de la ONU que se supone deben promover basura cero reconocen las plantas de incineración de residuos para generar energía y la reutilización de las cenizas volantes altamente tóxicas de los incineradores como una solución basura cero, significa que algo anda mal. Del mismo modo, cuando Pakistán afirma que busca una economía “basura  cero” al aumentar la capacidad de conversión de residuos en energía, las alarmas suenan entre los defensores de basura cero en todo el mundo: la incineración es un oxímoron para basura cero. Lo que nos muestran estos ejemplos es que es necesario adoptar y defender enérgicamente una verdadera definición de basura cero.

¿Qué es basura cero?

El concepto «basura cero» surgió hace 30 años al adaptar objetivos de fabricación como el de «cero defectos» a los residuos sólidos. Basura Cero es tanto una visión como un plan de acción. Como plan de acción, incluye estrategias para eliminar la idea de «basura»: prevención de residuos, rediseño, reutilización, cambios en los patrones de consumo, reciclaje, compostaje y otros métodos para re procesar la materia orgánica. Basura Cero se guía por el objetivo de reducir progresivamente el vertido en vertederos e incineradoras, un criterio para juzgar la eficacia de los programas y políticas de residuos.

Como visión, su objetivo final es cambiar la forma en que producimos, consumimos y procesamos los desechos para que nuestra economía de materiales se ajuste a los límites planetarios. Esto no solo se refiere a los materiales, sino a nuestra relación con ellos, con el medio ambiente y entre nosotros. Es por eso que «basura cero» tiene sus raíces en la justicia ambiental: apoya el florecimiento de todos, independientemente de la raza, la clase o cualquier otra identidad, y los derechos de la naturaleza. Los sistemas basura cero se basan en la comunidad, reconocen a los recolectores de residuos como trabajadores, eliminan las «zonas de sacrificio» que suponen una carga desproporcionada para las comunidades pobres y marginadas, y sitúan a las personas en el centro de las soluciones.

Esa es la belleza del sistema basura cero: ofrece una alternativa alentadora a un sistema lineal que perpetúa la eliminación, el agotamiento de los recursos, el cambio climático y la contaminación que amenazan la salud pública y el bienestar. No sucederá de la noche a la mañana, pero establece una dirección clara.

Defender basura cero

Existen múltiples debates dentro del movimiento ambientalista sobre la cooptación del concepto basura cero. ¿Debemos dejarlo pasar? ¿Defenderlo? Hay argumentos sólidos en todos los lados de la mesa. Pero nuestro objetivo es expandir el verdadero basura cero a nivel mundial. La generalización significa que las ideas se aceptan como normales porque la mayoría de la gente las comparte; eso es por lo que miles de comunidades, funcionarios gubernamentales y empresas han trabajado durante décadas. Luchar contra esta apropiación es, por lo tanto, una parte inevitable de la generalización.

Cada vez que se presenta un proyecto de conversión de residuos en energía o de plásticos en combustible como «basura cero», las autoridades en la materia deben aclarar las cosas. La incineración de residuos para generar energía perpetúa la generación de residuos porque requiere materia prima para quemar, compite con la reutilización y el reciclaje por materiales de alto poder calorífico, depende de materias primas de origen fósil como los plásticos, produce emisiones de gases de efecto invernadero y genera residuos peligrosos. Nada de eso podría estar más lejos del concepto basura cero.

Lo más importante es que el concepto basura cero no es solo un concepto abstracto.

Durante más de tres décadas, cientos de ciudades, miles de comunidades y muchos profesionales del sector de los residuos han liderado la transición hacia él. Han demostrado que es posible lograr más del 90% de separación en origen, tasas de desvío del 80% o más, mejores condiciones de trabajo para los recolectores de residuos y economías locales basadas en la reparación y la reutilización. También demuestran que seguir la jerarquía de residuos crea más empleos, reduce más las emisiones de metano y mejora la salud pública.

Facilitar la implementación de la iniciativa «basura cero» 

En los últimos años, más gobiernos, instituciones financieras, universidades y profesionales del sector de los residuos han adoptado la visión «basura cero» y han priorizado las medidas en las etapas iniciales por encima de la eliminación. Eso es alentador, pero se necesita mucho más. Por ejemplo, solo el 1 % de la financiación internacional destinada a la reducción de metano en el sector de los residuos se destina a estrategias «basura cero», como el compostaje.

Si los bancos multilaterales de desarrollo y otras instituciones financieras internacionales destinaran el 99 % restante, en lugar de a sistemas nocivos de tratamiento final como incineradoras y megavertederos, a la prevención y recuperación de residuos orgánicos a nivel comunitario, se nivelaría el campo de juego: habría más incentivos para un cambio en los patrones de producción y consumo, y los gobiernos locales y las comunidades acelerarían la transición hacia basura cero. Si los gobiernos que afirman perseguir basura cero actuaran en consecuencia, liderarían la transición e inspirarían a otros.

Los organismos de la ONU, como el PNUMA, ONU-Hábitat y el Consejo Asesor Basura Cero, tienen la responsabilidad especial de establecer una visión clara para los gobiernos y las instituciones, y promover una agenda auténtica basura cero para impulsar la sostenibilidad ambiental, la equidad social y los sistemas económicos que respeten los límites naturales.Mientras continuamos trabajando hacia un futuro basura cero, honremos su verdadero espíritu, que impulsa el cambio de los sistemas. Y apoyemos y ampliemos los programas y políticas de eficacia probada que los gobiernos, las comunidades, los recolectores de residuos, las ONG y las empresas están sosteniendo. Protejamos el término y honremos la práctica: pongamos en práctica el verdadero basura cero.

Rommel Cabrera/GAIA, 2019. Waste pickers collecting separated waste from households. Tacloban City, the Philippines.

By Cecilia Allen, Global Zero Waste Cities Program Director, GAIA

(c) Nipe Fagio

Once seen as the domain of dreamers, zero waste is now mainstream. It has even entered the language of the UN: the body created a resolution urging governments to “promote zero‑waste initiatives,” an International Day of Zero Waste, and a Zero Waste Advisory Board, and UNEP, UN‑Habitat and other UN bodies use the concept in campaigns and reports. This year, zero waste was named one of the top priorities on the Global Climate Action Agenda. Türkiye’s Zero Waste Foundation, a leading promoter of these efforts, is organizing its second Global Zero Waste Forum under the motto Road to Antalya: Zero Waste as Climate Action. Türkiye will be the host of climate COP31. 

While this progress is exciting, words matter. When the same UN bodies that are meant to promote zero waste recognize waste-to-energy incineration plants and reuse of the highly toxic incinerator fly-ash as a zero waste solution, it means something is off. Likewise, when Pakistan claims to pursue a “zero waste” economy by increasing waste-to-energy capacity, alarm bells go off among zero wasters worldwide: Incineration is an oxymoron to zero waste. What these examples show us is that a true definition of zero waste needs to be adopted and vigorously defended.

What is zero waste?

The concept of “zero waste” emerged 30 years ago by adapting manufacturing targets such as “zero defects” to solid waste.  Zero waste is both a vision and an action plan. As an action plan it includes strategies to design out the idea of “waste”: waste prevention, redesign, reuse, changes in consumption patterns, recycling, composting, and other methods to reprocess organic material. Zero waste is guided by the goal of progressively reducing disposal in landfills and incinerators, a yardstick for judging the effectiveness of waste programs and policies.

As a vision, its ultimate objective is to change how we produce, consume and process discards so our materials economy fits within planetary boundaries. This concerns not only materials but our relationship with them, the environment, and one another. That is why zero waste is rooted in environmental justice– supporting the flourishing of everyone regardless of race, class, or any other identity, and the rights of nature. Zero waste systems are community‑based, recognize waste pickers as workers, eliminate “sacrifice zones” that disproportionately burden poor and marginalized communities, and put people at the center of solutions.

That is the beauty of zero waste: it offers an encouraging alternative to a linear waste system that perpetuates disposal, resource depletion, climate change and pollution that threaten public health and well-being. It will not happen overnight, but it sets a clear direction.

Defending zero waste

There are multiple conversations within the environmental movement about the co-option of the zero waste concept. Should we let it go? Defend it? There are solid arguments on all sides of the table. But our objective is to expand true zero waste worldwide. Mainstreaming means ideas become accepted as normal because most people share them — that is what thousands of communities, government officials and businesses have worked toward for decades. Fighting this co‑option is therefore an inevitable part of mainstreaming.

Every time a waste‑to‑energy or plastics‑to‑fuel project is presented as “zero waste,” authorities in the field must set the record straight. Waste‑to‑energy incineration perpetuates waste generation because it requires feedstock to burn, competes with reuse and recycling for high‑calorific materials, relies on fossil‑based feedstocks such as plastics, produces greenhouse gas emissions, and creates hazardous residues. None of that could be farther from zero waste. 

Most importantly, zero waste is not just an abstract concept. For over three decades, hundreds of cities, thousands of communities and many waste practitioners have led the transition toward it. They have shown that it is possible to achieve over 90% source separation, diversion rates of 80% and higher, improved working conditions for waste pickers, and local economies based on repair and reuse. They also demonstrate that following the waste hierarchy creates more jobs, reduces more methane emissions, and improves public health.

Enabling zero waste implementation 

In recent years more governments, financial institutions, universities, and waste practitioners have embraced the zero waste vision and prioritized upstream measures over disposal. That is encouraging, but much more is needed. For example, only 1% of international finance aimed at methane abatement in the waste sector goes to zero waste strategies such as composting.

If multilateral development banks and other international financial institutions directed the remaining 99% shifted from harmful end‑of‑pipe systems like incinerators and megalandfills to community‑based organic waste prevention and recovery, the the playing field would level: there would be more incentives for a shift in production and consumption patterns, and local governments and communities would speed up the zero waste transition. If governments that claim to pursue zero waste acted accordingly, they would lead the transition and inspire others.

UN bodies such as UNEP, UN‑Habitat and the Zero Waste Advisory Board have a special responsibility to set a clear vision for governments and institutions, and promote an authentic zero waste agenda to advance environmental sustainability, social equity and economic systems that respect natural boundaries.

As we continue the work toward a zero waste future, let us honor its true spirit that drives systems change. And let us support and scale up the proven programs and policies that governments, communities, waste pickers, NGOs, and businesses are sustaining.  Let us protect the term, and honor the practice: put real zero waste into action.

Rommel Cabrera/GAIA, 2019. Waste pickers collecting separated waste from households. Tacloban City, the Philippines.

Mayo, 2026

Costa Rica enfrenta una crisis de residuos con sus rellenos sanitarios casi al límite de su capacidad. El Municipio de León Cortés, por ejemplo, envía el 85% de sus residuos al relleno sanitario, y solo un 14% tiene como destino el reciclaje. Esta situación ha llevado a una proliferación de proyectos de incineración en el país, amenazando tesoros de biodiversidad como la zona Monumento Natural de los Santos, una zona rural y cafetera donde ocurre parte del proyecto de soluciones basura cero que presentaremos a través de la experiencia de Yoselin Zuñiga.

Yoselin Zúñiga, monitora ambiental del proyecto Lideresas del cambio.
© Camila Aguilera.

Yoselin vive en el barrio El Estadio, en León Cortés, y fue una de las siete promotoras ambientales del proyecto Líderesas del Cambio, impulsado por la Asociación Defensores del Monumento Natural Zona de los Santos. El proyecto nació con el fin de buscar soluciones desde el origen del problema y de llegar con esas soluciones a la vida cotidiana de las personas. 

El proyecto comenzó con un estudio de composición de residuos que arrojó que el 60% de los residuos de los hogares que iban a participar en el proyecto correspondía a residuos orgánicos que terminaban en el relleno sanitario. Por otro lado, el municipio ofrecía retiro diferenciado, pero faltaba potenciar la educación ambiental para generar los cambios que se necesitaban para que existiera un compromiso a largo plazo por parte de los hogares.

“No era citar a la gente a un salón y decirles qué hacer. Era ir a sus casas, adaptarse a sus horarios, compartir un café, conversar”, comenta Yoselin.

Promotoras ambientales, el corazón del proyecto

Monitoras ambientales.

La mayoría de los hogares que participaron en el proyecto estaban compuestos por mujeres que sostenían las tareas del hogar y que, por lo tanto, tenían dificultades para salir de la casa  y asistir a charlas o talleres. Por eso, las siete Lideresas del cambio eran mujeres del mismo barrio, también jefas de hogar, que compartían un lenguaje común y sabían cómo abordar la cotidianidad del barrio para sacar adelante el proyecto.

“Queríamos demostrar que las mujeres somos la primera base del hogar en lo que tiene que ver con reciclaje y compostaje”, explica Yoselin. “No desde un discurso feminista, sino desde la realidad cotidiana. Somos quienes sostenemos gran parte de la casa y también podemos impulsar estos cambios”.

Para cumplir la misión de hacer las visitas domiciliarias, las  monitoras recibieron una capacitación de 16 horas para fortalecer sus capacidades técnicas y habilidades sociales, prepararon materiales educativos y fichas de monitoreo. 

Llevar la educación ambiental a cada casa

Una de las decisiones del proyecto fue evitar capacitaciones masivas o charlas impersonales. Las conversaciones de las tres visitas que estaban contempladas para los 175 hogares que se sumaron al proyecto ocurrían dentro de las casas, en horarios acordados con cada familia. “No es lo mismo llegar a entregar un afiche que sentarse a conversar con alguien que ya conoce a la persona que le está hablando”, comenta Yoselin.

Recorrido por el barrio El Estadio, Costa Rica.

Las visitas se adaptaban a cada familia y fue un acompañamiento en el que se enseñó a compostar, a segregar y a reducir. Algunas personas aprendían escuchando, otras necesitaban ver ejemplos o tocar materiales. Por eso llevaban portafolios con muestras y apoyos visuales. “La idea no era solo ir a decir cosas. Era que realmente captaran el mensaje”, explica Yoselin.

Compostaje, menos malos olores y menos basura

El proyecto contempló la gestión de la fracción de orgánicos desde el comienzo. Quienes querían compostar en sus propios patios recibieron orientación y, quienes no podían hacerlo, tuvieron la opción de acceder a retiro diferenciado.  Para ello, se articuló un trabajo con Ovejas Verdes, el programa piloto municipal de gestión de residuos orgánicos, que envía los residuos a Coopetarrazu, la planta  de gestión de orgánicos industrial más grande de Costa Rica, donde el compost generado vuelve a productores de café.

Visita a la planta de compostaje de Coopetarrazu.

“El orgánico fue lo que más le gustó a mucha gente”, recuerda Yoselin . “En la segunda visita me decían: ‘Los gusanos se me quitaron de la basura, los malos olores, las cucarachas también’”.

 “Uno pasa una semana acumulando residuos orgánicos en una bolsa y claro que eso genera malos olores. Cuando empezaron a separarlos, el cambio se notó de inmediato”.

“La gente me acogió muy bonito”

Si bien cada paso que se dio permitió consolidar cambios sostenidos con impactos ambientales positivos, también se buscaba impulsar una transformación social a través del fortalecimiento del liderazgo de las promotoras y que el barrio El Estadio se convirtiera en un referente ambiental en el cantón. 

Yoselin dice que una de las cosas que más la marcó fue la forma en que las familias abrieron las puertas de sus casas.“Entrar al hogar de alguien siempre es delicado. Uno podría pensar que la gente se va a sentir incómoda si le dicen qué hacer con sus residuos”. Pero ocurrió lo contrario. “No tuve malas caras de nadie. En la segunda visita ya me decían que llegara a la hora del café o del almuerzo para compartir”, comenta.

Para Yoselin, buena parte de los resultados tuvieron que ver con la cercanía. Ese enfoque permitió que las familias se sintieran parte del proceso y no simplemente receptoras de instrucciones. “Si alguien no podía un día, reprogramábamos. Todo era muy accesible. Entonces las personas también se comprometían”.

El miedo a los basureros clandestinos y la amenaza de la incineración

Aunque el proyecto mostró buenos resultados, Yoselin señala que todavía existe preocupación por el futuro de los residuos en la zona, “Sabemos que tenemos un problema. El problema de los plásticos de un solo uso, de la contaminación tan grande que hay, de que los rellenos sanitarios ya no dan abasto. En la zona ya las municipalidades no tienen contratos con los botaderos de basura. Y lo que más miedo nos provoca a nosotros como asociación y a nosotras como promotoras son los basureros clandestinos”, explica.

También menciona la amenaza de una incineradora proyectada para la zona, “Si llega el momento en que la municipalidad no tiene dónde llevar esa basura, ¿qué va a hacer? La gente va a tirarla donde pueda o van a poner la incineradora. Una incineradora que sabemos que en San Pablo León Cortés tiene los permisos firmados. Entonces, nosotros necesitamos dar a entender que sí se puede, que el cambio se puede hacer.”, reflexiona Yoselin.

Para ella, la solución no pasa solamente por gestionar mejor la basura, sino por reducirla desde el origen. “La idea no es pasar la vida buscando cómo resolver los residuos. La idea es que no se generen”.

“No podemos perder a esas familias”

Cuando habla del futuro, Yoselin insiste en la continuidad. “No queremos que esto desaparezca”. Las familias ya capacitadas, dice, necesitan seguimiento, nuevas actividades y espacios donde seguir participando.

Al cerrar la conversación, vuelve a recalcar que el proyecto funcionó porque se construyó desde el barrio, entre personas que ya se conocían y compartían la vida cotidiana. “Fueron más de quinientas personas alcanzadas entre adultos y niños. No podemos perder eso”.

“La gente estaba feliz con el cambio.”, sostuvo Yoselin.

25 May 2026 —  Waste pickers play a far greater role in climate action and waste management than is widely recognized, according to a report released on Africa Day by the Global Alliance for Incinerator Alternatives (GAIA), which urges governments to formally recognize and contract waste pickers as service providers within public waste management systems.

The report, “Managing Organics with Waste Pickers: A Briefing for Policymakers,” co-released by GAIA and the International Alliance of Waste Pickers, examines how waste pickers—estimated at 15 to 20 million workers globally—are increasingly managing organic waste, one of the largest sources of methane emissions when sent to landfills .

Methane, a potent greenhouse gas, is a major contributor to climate change, and waste systems are the third largest source from human activity. According to the report, separating and treating organic waste at the source could reduce these emissions by as much as 62% .

The findings come at a time of heightened global concern over energy security and rising fuel costs, with ongoing geopolitical tensions exposing the risks of reliance on fossil fuels. The report argues that decentralized, low-energy waste systems—such as composting and community-based collection—can help reduce both emissions and dependence on energy-intensive infrastructure, while also generating renewable energy through anaerobic digestion. 

Waste pickers, who have long been involved in collecting and sorting recyclable materials, are shown to be well positioned to expand into organic waste management due to their existing knowledge of local waste systems, established community relationships, and presence in underserved areas.

In several documented cases across Africa, Asia, and Latin America, waste picker-led initiatives have successfully diverted organic waste from landfills, improved recycling rates, and created more stable income streams. Some programs have also supported a transition away from dumpsite-based work, which is increasingly threatened by closures and privatization. In Pune, India, waste pickers from the SWaCH cooperative provide door-to-door collection services to tens of thousands of households, integrating organic waste separation and composting into municipal systems. In Dar es Salaam, Tanzania, groups such as Nipe Fagio and the Wakusanya Taka Bonyokwa Cooperative have established community-based collection and composting systems, achieving 95% rate of waste separation at source and diverting significant volumes of organic waste from disposal. In Buenos Aires, Argentina, RUO Cooperative is working with large commercial generators to recover food waste, expanding the role of waste pickers in organic waste management.

“Waste pickers have been providing essential environmental services for decades, often without formal recognition or compensation,” said Soledad Mella of the International Alliance of Waste Pickers. “Integrating them into formal systems is critical not only for their livelihoods, but for the effectiveness of waste and climate policies.”

The report, supported by the Climate and Clean Air Coalition,  also highlights the economic and social implications of such integration. Contracting waste pickers as service providers, rather than relying solely on private companies, can help retain public funds within local economies while expanding access to waste services.

At the same time, barriers remain. In many cities, waste pickers face restrictions on access to waste, unsafe working conditions, and exclusion from decision-making processes. These challenges are often compounded for women, who make up a significant portion of the workforce but experience additional inequalities, including lower pay and limited access to resources.

“Women are central to waste management systems, yet they face multiple and overlapping forms of inequality—as workers, as women, and often as members of marginalized communities,” said Cecilia Allen, GAIA Zero Waste Program Director and co-author of the report. “Recognizing waste pickers must go hand in hand with addressing the gender disparities through targeted policies, funding, and access to decision-making spaces.”

“Across Africa, there are already strong examples of waste picker-led systems that are delivering environmental and economic benefits,” said Desmond Alugno, GAIA Africa Zero Waste and Climate Program Manager. “Scaling these models will require policy support, financing, and recognition of waste pickers as essential workers.”

The report outlines a series of recommendations for governments, including recognizing waste pickers as formal service providers, ensuring fair compensation, investing in decentralized waste infrastructure, and incorporating gender-responsive policies.

It also emphasizes the importance of sustained public funding, noting that while composting and other organic waste outputs can generate some income, they are not sufficient on their own to support livelihoods at scale .

As countries work to meet climate targets and reduce emissions, the report suggests that integrating waste pickers into zero waste systems could offer a practical and immediate pathway—one that addresses environmental goals while supporting workers who have long sustained waste and recycling systems despite systemic exclusion. 

ENDS.

About GAIA:

GAIA is a network of grassroots groups as well as national and regional alliances representing more than 1000 organizations from over 100 countries. With our work we aim to catalyze a global shift towards environmental justice by strengthening grassroots social movements that advance solutions to waste and pollution. We envision a just, Zero Waste world built on respect for ecological limits and community rights, where people are free from the burden of toxic pollution, and resources are sustainably conserved, not burned or dumped. www.no-burn.org

By: Green Knowledge Foundation

Every morning in Nigeria’s Benin City, before traffic builds up and markets awaken, faint plumes of smoke rise from heaps of waste scattered across open spaces. In Jos, plastic bags cling to drainage channels after heavy rains. On the outskirts of Abuja, government-approved dumpsites quietly ferment under the sun. In Lagos, Africa’s most populous city, towering landfills on the city’s fringes swell daily as trucks unload tons of mixed waste, while clogged canals and lagoons trap floating debris beneath the humid coastal air.

What appears to be ordinary waste is, in reality, an invisible climate threat: Methane.

Across Nigeria’s rapidly growing cities, unmanaged organic waste is releasing one of the most potent greenhouse gases into the atmosphere. The Multi-Solving Action to Methane Reduction in Nigeria (MAMRN) Project was conceived in response to this urgent environmental challenge.

When organic waste, food scraps, green waste, and agricultural residues decompose in oxygen-deprived conditions, such as open dumpsites, they produce methane (CH₄). Methane is not just another greenhouse gas. It is over 80 times more potent than carbon dioxide in the short term, responsible for nearly half of the global warming already experienced, and the second-most-important anthropogenic greenhouse gas after Carbon dioxide (CO₂).

Municipal solid waste landfills globally account for approximately 11% of anthropogenic methane emissions. For every tonne of waste sent to landfill, an estimated 50–100 kg of methane may be released; equivalent to roughly 1,610 kg of Carbon dioxide (CO₂) per tonne due to methane’s high global warming potential.

Nigeria generates over 32 million tons of municipal solid waste annually, yet only about 20–30% is formally collected. More than 90% of waste in many developing regions ends up in open dumpsites, waterways, unused land, or is openly burned. 

Nigeria’s waste composition is particularly significant: approximately 50–60% of municipal solid waste is organic. This means that a large proportion of waste entering dumpsites is actively generating methane. In 2021, methane accounted for 44.6% of Nigeria’s total greenhouse gas emissions, making it one of the country’s most critical climate pollutants.

With Nigeria’s population estimated at over 223 million and projected to rise significantly by 2050, urban centres such as Benin City, Jos, Lagos, and the Federal Capital Territory (FCT) are expanding rapidly. Urbanisation, rising consumption patterns, and limited infrastructure have widened the gap between waste generation and effective management.

Globally, about 2.01 billion metric tonnes of municipal solid waste are produced annually, and this is expected to increase by 70% by 2050. Sub-Saharan Africa alone is projected to reach 269 million tonnes of waste per year by 2030. Nigeria mirrors this trajectory.

Nigeria is already experiencing the effects of climate change, including increased flooding and stormwater runoff, coastal erosion and sea-level rise, rising temperatures and heat waves, agricultural productivity losses, food insecurity and water scarcity, and increased disease outbreaks. Open dumpsites worsen these impacts. During heavy rainfall, flooding dislodges waste, spreading pollutants into homes, schools, and water bodies. Methane buildup within dumpsites also presents explosion hazards.

Rather than treating waste as a burden, the MAMRN project reimagines it as a resource. Material Recovery Facilities (MRFs) are being established to divert organic waste from dumpsites, process it into compost, sort recyclables such as plastics, glass, paper, and e-waste, integrate and strengthen the role of waste pickers, and reduce methane emissions at the source. Each facility is initially designed to manage approximately 260 tons of waste annually.

By converting organic waste into compost, the project improves soil health, reduces dependence on petroleum-based fertilisers, supports climate-smart agriculture, and minimises methane emissions from decomposition. Farmers are trained through the My Zero Waste Farm Project, with at least 20 farmers per state serving as trainers to expand adoption across communities. Organic waste is also processed through Black Soldier Fly (BSF) farming to produce high-protein animal feed, organic fertiliser, and new livelihood opportunities. This model strengthens local food systems while reducing methane emissions from landfills.

Methane reduction through improved waste management delivers multiple benefits, including lower greenhouse gas emissions, reduced flooding and pollution, improved public health outcomes, job creation for waste pickers and farmers, strengthened urban food systems, and contributions to SDGs 1, 2, 6, 7, and 13. The project aligns with Nigeria’s long-term low-emission development strategy, aiming to reduce emissions by 50% by 2050 and to transition to a circular economy.

Methane may be invisible, but its impacts are not. The rising temperatures, flooded streets, polluted waterways, and strained agricultural systems across Nigeria tell a visible story of climate vulnerability. The MAMRN Project represents a shift from open dumping to resource recovery, from unmanaged emissions to data-driven reductions, and from environmental degradation to circular-economy solutions.

By diverting organic waste, empowering communities, integrating informal waste workers, and influencing policy, Nigeria takes a practical step toward reducing methane emissions and building climate resilience. The future of Nigerian cities depends not only on how much waste is produced, but on how wisely it is managed. 

The path forward requires action from everyone.  Policymakers can strengthen regulatory frameworks that recognise waste pickers as formal climate workers and prioritise waste-sector investments in national climate plans. Development partners and funders can direct climate finance toward community-led Material Recovery Facilities and methane monitoring infrastructure. 

Businesses can adopt circular procurement practices, reducing organic waste across supply chains and supporting compost markets. Farmers can integrate compost and Black Soldier Fly products into their practices, improving soil health while cutting dependence on chemical fertilisers. And as a reader, you can start where you are: composting at home, supporting local waste initiatives, or simply sharing this blog post to grow awareness. 

In that transformation lies the power to slow global warming, protect communities, and build a cleaner, more sustainable future.

This article is the second in a series on the Methane Reduction in Nigeria (MAMRN) Project, implemented in collaboration with CfEW Jos, SraDev Lagos, Pave Lagos, CODAF Epe Lagos, and SEDI Benin City.

By: OUREYA RAISSA

From April 18 to 26, 2026, I participated in the Zero Waste Academy: Community Zero Waste Program Implementation Course, hosted by GAIA Asia-Pacific and the Mother Earth Foundation in Manila, the vibrant capital of the Philippines. The event brought together people committed to building a world beyond throwaway culture. 

For nine intensive days, activists, experts, practitioners, and young leaders from around the world came together to learn, exchange ideas, and develop practical approaches for a fair and sustainable transition to zero waste. I felt deeply honoured to be part of this experience. 

Exploring the global challenges to achieve  zero waste 

The Zero Waste Academy was far more than a typical conference. It was a safe learning space rooted in the realities of local communities that are too often left out of mainstream discussions. Conversations were open and honest, critical thinking was encouraged, and the mix of participants from Asia and Africa created a powerful exchange of perspectives. It was a rare environment where ideas were tested, assumptions challenged, and learning happened both in the sessions and in conversations with fellow participants. For me, it was a transformative experience. 

Over the course of the week, several key issues were explored: 

False solutions under scrutiny: the case of waste-to-energy 

One of the sessions focused on false solutions, especially Waste-to-Energy (WtE), which burns waste to produce energy. Although some industry and institutional actors present it as a climate solution, the session clearly showed its limits. 

Using evidence and data, speakers explained that waste incineration releases greenhouse gases and toxic pollutants, destroys recyclable materials, and diverts investment away from truly circular systems. Rather than solving the waste crisis, Waste-to-Energy reinforces the same cycle of overproduction and disposal that zero-waste principles seek to end. This is a lesson I will carry into my future advocacy. 

A just transition: leaving no one behind 

Another major theme was the idea of a just transition. I was especially moved by the recognition given to waste pickers and by the acknowledgement of their strength and resilience. These workers, mostly women, collect, sort, and sell materials every day, making an essential contribution to the recycling system. 

Organic waste: an overlooked opportunity 

Organic waste accounts for more than half of household waste in much of the Global South, yet it is still often dumped or burned, producing significant methane emissions. The Academy dedicated several sessions to this issue, especially community composting solutions.  

For African stakeholders, these approaches are particularly relevant: they are low-cost, adapted to local realities, create jobs, reduce emissions, and improve both soil fertility and food security. 

Reuse and its benefits: reclaiming control of our resources 

Reuse was also a major topic of discussion. In response to the growing volume of single-use products, many local initiatives are already adopting deposit-return systems and reusable packaging as practical alternatives. What struck me most was that these solutions do not depend on advanced technology. They depend primarily on cultural change and community mobilisation—qualities that Africa already has in abundance. 

MRFs: seeing zero waste in practice 

One of the week’s highlights was the visit to Material Recovery Facilities (MRFs) in several barangays in Manila. These community-based sorting and recycling centres, often modest in scale, show what zero waste can look like in practice. They recover materials, return them to the local economy, and create decent jobs within neighbourhoods. 

Seeing these facilities in operation convinced me even more that zero waste is not just a theory for wealthy countries. Communities with limited resources in the Global South are already making it work. It may not be perfect, but it is real, practical, and effective. 

What I am bringing back to Lomé 

I am returning to Lomé with more than memories—I am returning with a plan. 

What I saw in Manila strengthened my determination to help advance a Zero Waste Plan for Lomé. The plan would be practical, community-driven, and rooted in the realities of our neighbourhoods. It would focus on creating local MRF centres, recovering organic waste, supporting informal recycling workers, and involving young people as agents of change. 

This effort cannot be built alone. It will require young people, community actors, municipal authorities, and everyone who believes, as I do, that Lomé can become a leading zero-waste city in Francophone Africa. Zero waste is possible. It does not need to be perfect. It simply needs to begin. 

The government cannot address waste alone. As civil society organisations, we also have a responsibility to help build a zero-waste future. – Raïssa Oureya 

BY: OUREYA RAISSA, NGO Jeunes Verts, Togo,  GAIA Africa Member 

Large group of diverse people posing for a photo at a community event promoting breaking free from plastic, indoors with a banner '#BreakFreeFromPlastic'.

Entre el 21 y el 25 de abril, organizaciones de América Latina y el Caribe se reunieron en El Salvador y Costa Rica en una agenda que combinó articulación regional, incidencia política y diálogo público frente a la crisis de residuos. Las actividades incluyeron el encuentro de membresías de GAIA y Break Free From Plastic, un seminario internacional con tomadores de decisión, un cine foro en la Universidad de Costa Rica y un conversatorio sobre valorización de residuos orgánicos en la Asamblea Legislativa de Costa Rica.


4 de mayo, 2026

Al momento de escribir este texto, se cumplen dos semanas desde que empezaban a llegar miembros de GAIA y Break From Plastic a San Salvador, y el grupo de WhatsApp “Evento Centroamericano GAIA BFFP” ya estaba recibiendo mensajes y fotos de quienes emprendían viaje desde Guatemala, Costa Rica, Panamá, Honduras y Nicaragua. 

El Pulgarcito de América nos recibió con una ciudad que no escatima en colores, una paleta de verdes intensos en su vegetación, fachadas rosadas, azules y amarillas, y el canto constante de las aves que nos acompañó todos los días. 

Así llegamos al primer encuentro de miembros de GAIA y Break Free From Plastic en Centroamérica, al que se le sumó una serie de actividades con tomadores de decisión en El Salvador y Costa Rica.

Aquí les contamos lo que pasó dentro y fuera del encuentro.

Empezamos a conocernos “en el furgón”

Several adults chatting near a black Nissan van parked in a courtyard with trees and a weathered wall behind them.

Apenas llegamos, y antes de comenzar oficialmente el encuentro, empezamos a conocernos (y a reírnos) desde nuestras diferencias. La información de llegada decía que afuera del aeropuerto nos iba a esperar “un furgón”, esto refiriéndose a una van de pasajeros (como la de la foto), pero resulta que en Centroamérica un furgón es lo que en otras partes sería un camión de carga pesada, y los miembros se preguntaban cómo los iban a llevar en un transporte tan grande. Lo bueno es que nadie se complicó demasiado y la idea de llegar al hotel en un camión no era un problema. Adaptación y voluntad, como la membresía que siempre encuentra la forma de adaptarse y avanzar.

Bienvenida a CESTA

Llegamos a CESTA y lo primero que vimos fueron las cientos de bicicletas del proyecto ECO-BICI CESTA que impulsa el uso de la bicicleta como un medio de transporte sustentable en El Salvador. Ya dentro del salón, partimos el encuentro con dinámicas de presentación. Algunas personas solo se habían visto a través de una pantalla, así que para empezar a conocernos realmente, compartimos las historias de nuestros nombres. Los orígenes iban desde canciones como “María Teresa  y Danilo”, jugadores de fútbol, parientes, olvidos e indecisiones.

Medio en broma, Ricardo Navarro, presidente de CESTA, nos dio la bienvenida a “una iniciativa que comenzó como una organización de jóvenes ambientalistas, pero que se ha transformado en un asilo de ancianos.” La verdad, CESTA es una de las organizaciones con más trayectoria de nuestra membresía, y cumple ni más ni menos que 46 años este año.

Residuos orgánicos 

En el primer bloque, Mariela explicó por qué si hablamos de clima, tenemos que hablar de residuos orgánicos. Dio detalles sobre la importancia de reducir las emisiones de metano, y cómo algo tan cotidiano como el desperdicio de alimentos termina teniendo un impacto climático significativo. También mostró proyectos en marcha de la membresía, publicaciones y espacios de capacitación que están empujando soluciones en la región. 

Crisis de los plásticos

El bloque inició presentando la contaminación plástica como una crisis global, pero que no es un problema que se resuelve solo gestionando residuos. Alejandra hizo un recorrido por la historia del plástico, sus impactos en la salud y el momento decisivo que atraviesan hoy las negociaciones del Tratado global de plásticos de la ONU. También se dieron más detalles de las falsas soluciones como la incineración, co-incineración, pirólisis y la amenaza que representan a la salud de las personas y el medio ambiente.

Soluciones de reuso y herramientas 

En esta sección se mostraron herramientas creadas desde Break Free From Plastic y GAIA en la región, como el mapa de políticas para plásticos  y la guía para usar la base de datos contra la incineración, para luego pasar a las experiencias de reuso en la región y las rutas basura cero de BFFP. Para cerrar, cada organización compartió en grupos sus propios avances, lo que aún falta y, hacia dónde quieren seguir. 

Recicladores de base y transición justa

En el encuentro contamos con la participación de recicladores de El Salvador, y de Keyla de Nicaragua y Danilo de Panamá, quienes compartieron su experiencia en el reciclaje con recicladores en la región. En este bloque, la conversación se centró en el panorama futuro en relación a la gestión de residuos con recicladores, como reducción y gestión de los residuos orgánicos; y se compartió un adelanto del documento sobre reuso recién publicado por encargo de la Alianza Internacional de Recicladores, titulado “Explorando la reutilización inclusiva en Ecuador”. Luego se dio paso al concepto de transición justa para “avanzar sin dejar a nadie atrás y asegurando trabajo digno para quienes ya sostienen gran parte de la gestión de residuos.”

Fortalecimiento del movimiento

Ya en el último bloque del día, después de mucho trabajo, y digamos la verdad, después de comer muchos mangos ciruela, cerramos el día con cómo formamos una red unida y con identidad, los elementos y recursos disponibles para apoyar a la membresía, y cómo el apoyo en comunicaciones en BFFP y GAIA nos ayuda a salir “del círculo de hombres y mujeres araña”. 

Cerramos el primer día con la presentación de experiencias de Alianzas Basura Cero en Brasil, Ecuador y Chile. 

Día 2

Seminario internacional basura cero y panel de conversación

En el marco del Día de la Madre Tierra, iniciamos la jornada con un seminario donde se presentó información relevante sobre la crisis de residuos y por qué basura cero no es solo una alternativa, sino el camino necesario. 

La proyección del documental Burning Injustice dio paso a que un panel integrado por miembros de Panamá, Guatemala, y Costa Rica abordara en un  conversatorio las soluciones frente a la crisis de residuos, con foco en estrategias de basura cero impulsadas desde la sociedad civil. 

En el espacio contamos con la presencia de las diputadas Marcela Villatoro y Claudia Ortiz y representantes de más de 10 municipios de la región. 

Finalmente se hizo entrega de un reconocimiento a diez municipios comprometidos con la construcción de modelos de gestión de residuos orientados a la estrategia de basura cero.

Taller técnico para municipios

El taller se desarrolló en torno a residuos orgánicos y la crisis del plástico. Al comienzo, se volvió a insistir en el rol fundamental que tiene la valorización de residuos orgánicos dentro de los compromisos climáticos, y luego, la conversación se abrió hacia la crisis de la contaminación por plástico, sus impactos sociales y ambientales, y el tratado global de plásticos. También se alertó sobre las falsas soluciones que amenazan las estrategias de basura cero.

Recapitulamos entre nuégados y atol de yuca

Mientras las y los representantes de los municipios se concentraban en el taller técnico, la membresía inició una discusión sobre cómo seguir el trabajo en conjunto como bloque regional. También, y gracias a la virtuosa memoria de Deybid de Honduras, hicimos un recorrido por los momentos que marcaron nuestro encuentro para, luego de comer unos ricos nuégados con atol de yuca, reunirnos en un círculo para agradecer y cerrar el día.

Por supuesto que no nos fuimos de El Salvador sin probar las pupusas. En la cena de despedida fuimos a una pupusería a compartir antes de partir al día siguiente.

Hola Costa Rica, ¡pura vida!

El Salvador no nos quería dejar ir y nos despidió con un temblor de 5.2 grados,  para dar paso a unas turbulencias que nos dieron la bienvenida a Costa Rica: ¡Pura vida!  

Group of about 15 adults posing for a photo indoors in front of wood-paneled walls, smiling for the camera.

Ya en San José,  y sorteando cómo encontrar direcciones exactas (las direcciones en Costa Rica… un asunto complicado) llegamos a la Universidad de Costa Rica para el cine foro ¿Qué es la incineración y cómo afecta a nuestras comunidades? organizado por Bloque verde, el programa de Kioscos socioambientales de la UCR, Güitite y la Universidad de Costa Rica. 

Eric Morales Mora, profesional en Salud Ambiental y docente Escuela de Tecnologías en Salud nos dio una introducción de bienvenida, para luego pasar al documental y cerrar con la situación de la incineración en Costa Rica a cargo de Mauricio Álvarez, docente de la Escuela de Geografía y Ciencias Políticas, y con iniciativas actuales de incineración en Costa Rica a cargo de Ronald Arrieta, Doctor Ingeniero en Biotecnología, docente jubilado de la Escuela de Química de la UCR.

Conversatorio en la Asamblea Nacional

Último día, un café chorreado y en camino a la Asamblea Nacional para participar en el foro: “Valorización de residuos orgánicos en Costa Rica”, organizado por la Asociación Costarricense de Biogás, GAIA, el despacho de la Diputada Independiente Cynthia Córdoba  y el Instituto Global para el Crecimiento Verde. 

En el espacio compartimos detalles de cómo los sistemas de basura cero son una estrategia que puede reducir de manera continua la cantidad de residuos. Además, repasamos los riesgos climáticos, económicos y a la salud de la incineración.

En la ronda de conversación, Marlene Chacón de San Antonio Recicla, recalcó que la incineración amenaza el trabajo de las y los recicladores, y la importancia de avanzar en la educación ambiental como herramienta para evitar falsas soluciones en Costa Rica.

Nos despedimos de Centroamérica llenas de agradecimiento a cada organización, representante de municipios y a CESTA por recibirnos en su casa. Sabemos que los vínculos, aprendizajes y la ruta que empieza a tomar forma en la región será un avance fundamental para seguir posicionando las iniciativas de basura cero en América Latina. 

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En el encuentro participaron:

  • Asociación Defensores del Monumento Natural Zona los Santos 
  • San Antonio Recicla /y colectivo Costa Rica Hacia Basura cero
  • CENPAD (Centro para la Paz, Ambiente y Desarrollo)
  • Basura Cero Nicaragua / CICFA
  • Basura Cero Nicaragua, Escuela Agroecológica
  • CESTA, El Salvador
  • Central de Recicladores de Base Nicaragua 
  • Colectivo Tz’unun Ya’
  • Asociación para la Promoción y el Desarrollo de la Comunidad CEIBA
  • ECO-RE 
  • FAS PANAMA
  • Movimiento nacional de Recicladores de Panamá